El Jardín de los Dioses

 

 

 

Aquel verano fue pródigo por demás. Diríase que el sol hubiera hecho sacar a la isla todas sus reservas, pues nunca habíamos tenido tal abundancia de frutos y flores, nunca había estado el mar tan caldeado y tan lleno de peces, nunca tantos pájaros habían criado, ni salido mariposas y otros insectos de sus crisálidas para animar el campo con sus colores. Las sandías, de carne crujiente y fresca cual rosada nieve, eran formidables balas de cañón vegetales, cada una de las dimensiones y peso necesarios para barrer del mapa a una ciudad; los melocotones, anaranjados o sonrosados como la luna de septiembre, crecían inmensos en los árboles, henchidos de dulce jugo sus gruesos pellejos aterciopelados; los higos y las brevas se reventaban por la presión de la savia, y en las rosadas hendiduras se aposentaban las cetonias verdidoradas, deslumbradas por aquella dadivosidad inagotable.

Gerald Durrell, El jardín de los dioses
(Alianza Editorial)

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